La experiencia estética en el cine.

Actualizado: 18 de dic de 2020

En la Academia al hablar de estética se mezclan los conceptos de belleza y arte como uno mismo o como sinónimos. Al parecer, a partir de la estética como estudio de la belleza se confunde un poco el concepto y se entrampa el análisis de la belleza con algo hermoso o bonito.


Automáticamente se piensa en lo bello como antagonista de lo feo. Y en seguida viene la afirmación de apreciar la belleza de lo feo como contra-argumento y así al infinito hasta que entra en un laberinto el análisis y se llega al extremo de hablar sobre los cánones de belleza solamente occidentales.


Cuando en realidad la experiencia estética es una sensación del alma o del espíritu del individuo a partir de un estímulo exterior. Desde nuestro punto de vista.


Le dejamos a la Academia dura esa discusión de la dicotomía de lo bello-feo y preferimos centrarnos en las sensaciones como individuos frente a fenómenos o hechos que generan emociones que amplían nuestras experiencias vitales.


Todo ser humano tiene la capacidad de vivir experiencias estéticas por el simple hecho de ser un ser vivo consciente de sí mismo y de su entorno. No tiene que ver tu capacidad intelectual o nivel académico para disfrutar lo que la naturaleza y el ser humano aspiran como espiritual (sin ser religioso) y sublime, siendo perceptible desde el alma a través de los sentidos.


Hay intuición estética en todo ser humano. Al pararse frente a un espejo automáticamente se corrige la postura, el semblante, se acomoda el cabello y se intenta dibujar una sonrisa o una buena actitud o ser consciente de lo negativo. Se combina la ropa con colores, formas, pliegues o se hace consciente el estado de ánimo. Esa intuición ya es parte de lo estético. Igual que la sorpresa que causa ser testigo directo de un atardecer llamativo o el instante de percibir las formas de un conjunto de nubes y darles forma en la imaginación o sorprenderse por los colores de la naturaleza.


Lo estético está en el alma y en lo espiritual, sin ser religioso o dogmático. Incluso al cerebro tosco le suceden episodios de belleza, lo quiera o no. Belleza como sublime o sorprendente, no como bonito o hermoso, necesariamente, reiteramos.


Con respecto al cine, existe la permanente dicotomía entre entretenimiento y arte. Esto se determina por la intención del creador cinematográfico hacia su audiencia y su interés personal. Creador cinematográfico, ya sea un productor, un realizador, un guionista o un gestor que organiza un equipo y su contenido.


Todas las formas son válidas según sus propios objetivos. Excepto las que dan gato por liebre. Las que dicen que buscan un fin cuando en realidad esconden otro.


Pero el cine con intenciones artísticas puede resultar desafiante, no en todos los casos, claro. Pero tiene un interés en despertar algo en el espíritu del espectador incluso más que en su intelecto o en su simple placer evasivo. Siendo el cine un lenguaje que requiere una manufactura costosa, tiene mucho dinero en juego y por ende cálculos económicos grandes, a diferencia de otras expresiones artísticas. Altos costos, incluyendo el cine independiente o el cine más doméstico e individual o personal.


Quitando la pretensión y el aburrimiento que en muchos casos provoca, el cine de arte debe ser tomado como un desafío en el espectador. La disposición del espectador debe ser activa, dialogar conscientemente con la obra, tener una actitud activa, abierta y reflexiva frente a la pantalla para que existan más posibilidades de diálogo profundo con las imágenes y sonidos que aspiran a una comunicación espiritual o intelectual profunda por parte del creador.


Lamentablemente el entretenimiento por el entretenimiento desprecia las experiencias estéticas más complejas. No las estima como nutritivas para el alma de quien las ve. La velocidad del consumo implica enajenamiento desechable. La estética y el arte requieren modificar la velocidad, disminuirla para poder darse el tiempo de apreciarla y en el mejor de los casos conectar con el alma y modificar el rumbo de la existencia.


Se requiere una pequeña disposición al silencio y a la atención profunda. Requiere ganas de estrenar nuevas emociones frente al desgaste de los detonadores superficiales del entretenimiento por el entretenimiento.


Y en honor al dios Dionisio de los griegos, dios de las artes y el vino, en El Cinebar decimos que el estado embriagante responsable lubrica mucho esa disposición para la búsqueda de lo sublime. Vale la pena. Vivir una religión sin dogma y una libertad con confianza para enfrentar los desafíos de la vida.


El Cinebar.



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